jueves, julio 03, 2003

ALGO SOBRE VERMEER (prólogo)

Me entero de que varios blogueros admiran la pintura de Jan Vermeer. Me entusiasma tanto como cuando me encuentro con individuos (e individuas, diría el Zorro) que aprecian la ópera.

Uno de los grandes males de nuestra cultura es su culto al inmediatismo, su síntoma central se manifiesta en el desinterés por la historia, la historia en tanto proceso mediador del pasado y el futuro. La historia del arte, engrane nodal de la historia en general, es, por desgracia, una materia que los propios educadores se encargan de ensombrecer. Sombras. El ciudadano común desconoce la historia; acaso sabe de signos, fechas, y nombres propios.

Por ejemplo: algunos pueden hablar de las características del motor del auto de Michel Schumacher, pero pocos saben quién y cómo ideó los primeros modelos de la máquina de vapor, ignoran el proceso que hizo posible el deslumbrante motor de la formula uno, ignoran el principio de la combustión interna, por decir algo.

El ciudadano común, especialmente si pertenece a ese voluminoso segmento de la población que encaja en el término “juventud”, se ufana fanático de las novedades. Si lo vemos con detenimiento, el culto a la novedad no encierra un interés por desentrañar la esencia de la novedad. La novedad es un rito donde el gran sacerdote es la información . Pero la mera información no es conocimiento; moviéndose al vaivén del marketing mediático, la información suele ser, a lo sumo, una relatoría de hechos aderezados de novedad. La información se convierte en el altar sagrado del presente, la llave mágica del futuro. La novedad es una premonición ingenua del futuro. (“Humphrey, empiezas a hablar como solías hacerlo antes, el tono de tu voz suena como la del descubridor del hilo negro”. –No empieces, déjame seguir, ¿sí?-)

En la mediática pradera de la novedad, lo que menos importa es el conocimiento; cultiva una especie que florece sin muchos insumos: la credulidad. Debajo del tenue disfraz del escepticismo brota con su sonrisa idiota la credulidad. La dolencia crece con la multiplicación de canales y opciones televisivos, con las prerrogativas del IFE y con el cambio de director técnico de la selección nacional. Ingenua ingenuidad. Algún día seremos como Adal Ramones o Galilea Montijo; algún día seremos democráticos; algún día ganaremos el Mundial.

Los grandes artistas no son ingenuos y menos son crédulos. Al menos no como solemos suponer. Los grandes artistas no le dan alpiste al azar; sus obras suelen ser complejas y llenas de enigmas por descubrir. Por ello, estudiar el contexto, es decir el momento histórico en el que los artistas crean, nos brinda una herramienta para educar nuestra ignorancia y permite acercarnos a la esencia de tales obras. (“Bueno, Humphrey, está bien, pero de Vermeer no has dicho nada”. –Ah cabrón, es cierto, pero por hoy ya se acabó la cuerda: mejor continuará-).

No se pierdan los próximos capítulos de esta apasionante serie:

Jan Vermeer ingresa a la legión de superhéroes

Los amores de Vermeer

Vermeer visto por el microscopio de Leeuwenhock

¿Era Vermeer un neoclásico en medio del barroquerío?

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