miércoles, julio 07, 2004

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SOBRE EL MORBO Y VOCACIONES AFINES

a Trilce, Antonio Marts, y Marco Islas.

La otra madrugada decía que el morbo es una versión extrema de la vocación natural por conocer que comparten los seres humanos. En otro momento diré otras cosas sobre este tema. Ahora no es ese momento, son apenas las 8 de la noche de otro momento y lo que podrían leer a continuación (que el morbo no es malo) no es lo que diré después.

Si estás sólo en la habitación leyendo al amparo una lámpara fiel (no todas lo son) y escuchas de pronto un ruido extraño, digamos el sonido de una gotera persistente en algún lugar, tu reacción natural e involuntaria será agudizar el sentido del oído, ¿cierto?, tu vista se levantará, abandonará las líneas del texto y mirará hacia un punto inexacto de un horizonte indeterminado, la típica postura de unos ojos observando hacia adentro; en primera instancia, la visión no busca lo que supones sea una gotera, indaga por ciertos archivos.

Lo habrás experimentado aunque no hayas reflexionado en ello; detrás de todo, para qué soslayarlo, como una máquina instintiva y astuta, Su Majestad, esa maga pretensiosa, la Razón, imperceptiblemente abrirá a nuestras espaldas una gaveta de complejos archivos sin otro fin que orientarnos en el instante de incertidumbre. A menos que seamos unos cobardes pusilánimes ante aquel ruidillo inédito e inesperado (bien podría tratarse de un ladrón internándose en nuestro patio en la maleza de la noche, alguna explosión de gasoductos domésticos o grietas tectónicas agrandándose, qué sé yo), nuestra primera conjetura abrirá la apretada llave de lo incierto. Y ahí, amigos, pese a nosotros mismos, Su Majestad entra en acción como un ángel de la guarda imprevisto, como salvavidas milagroso de náufragos condenados, como llave misteriosa que viola un cofre fantástico.

Primero abrirá un archivo que obedece al nombre de "comparación", luego otro que dice "intensidades", luego otro: "fuentes", y otro, "vínculos", y otro... y otro... y otro... luego, aunque nos resistamos a percibirlo y aún a concebirlo, abrirá un archivo maestro que quizá no deseemos tocar, uno que dice: "Todos los archivos", una especie de hiperlink, pero sin los acartonamientos que suponen tales links.

Todos estos archivos son abiertos simultáneamente, en un amalgamado momento que ni siquiera nos soñaríamos capaces de explicar (por eso mejor ni intento explicarlo).

Acto seguido nos levantamos (después de esta reflexión ya somos dos) abandonando nuestra lectura. Nos dirigimos al sitio del ruido para constatar que efectivamente se trata de una gotera, una simple gotera que, instantáneamente, nos proporciona varios indicadores gracias al hiperlink: afuera llueve; no estamos en un edificio de departamentos; el techo requiere de la aplicación de un aislante; la gotera se ha situado justo al lado de nuestro librero favorito. ¡Dios!, algunos libros ya resienten el rigor de la humedad. A ojo de buen cubero, un tomo de las obras completas de Mark Twain, La isla misteriosa de Verne, y los tomos XIX, XX y XXI de las obras completas de Alfonso Reyes, indefensos y rígidos, son salpicados. Monto en cólera.

En este momento se cae el sistema.

Ahora hay que esperar otro momento para saber qué más hay sobre este asunto. Por ahora sólo se respiran intuiciones.

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