martes, junio 15, 2004

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NARRAR O NO NARRAR, HE AHÍ EL DILEMA

Coincido con quienes afirman que los textos tienen vida propia una vez que son paridos y echados al mundo ("A ver, a ver: ¿una vez que son paridos los textos, o una vez que son paridos quienes afirman?" -No empieces y concéntrate-). Es innegable que los significados de todo texto exceden siempre los propósitos de su autor. El lector, matemático empírico, es quien multiplica, adiciona o resta significados al texto, lo recrea; la validez textual, la validez estética, se justifica únicamente luego de haber pasado por el cedazo del lector sin que queden grumos atorados.

Narrar es parte de la condición humana. La humanidad en tanto especie pensante (sapiente, sapiens) nace con el ejercicio de la oralidad, es decir, con el manejo del recurso capaz de recrear una visión y una interpretación de la realidad (son cosas diferentes).

La individualidad se afirma con el acto narrativo. No es la tribu o la masa la que narra. El acto narrativo como tal es único e irrepetible (repetir una narración no es acto narrativo). Quien narra obedece a un acto sublime; este acto convierte en narrador en una advocación (si se me permite el término) del universo hablando sobre sí mismo. Y dado que lo narrado puede o no ser ficción, entonces al universo le es dado, a través del individuo, referir signos y significados posibles e imposibles. La ficción es una realidad que explora lo que no es. El narrador es pues lector de significados del universo, de lo visible e invisible, y también de lo posible e imposible. Sin el individuo, ese recurso moderno, el universo puede crear mundos insospechados pero no puede explorar en su significado, ni recrear dimensiones alternas.

En este sentido, narrar un suceso, una experiencia, un sueño, una ocurrencia o una mentira, es un acto sagrado.

La escritura desembarazó al individuo de su dependencia de la memoria (en la oralidad, el conocimiento, la historia, la mitología, etcétera, se finca en lo que la memoria es capaz de retener); mediante las grafías puede el individuo conservar aquello que desee y permite otorgar libertad a su imaginación para abordar otros terrenos que exigen mayor grado de abstracción: la filosofía, la introspección, el razonamiento puro, campos del pensamiento que no le son propios a la oralidad.

La narrativa escrita es producto de esta evolución en la comunicación y su función excede los fines "prácticos" de la oralidad, en tanto que esos fines son primitivos y obedecen a un estadío anterior de la conciencia. Con la escritura, la ficción (como narrativa) cobra vida propia y permanece con independencia del autor. Ahora el autor no depende de un interlocutor (s) para que su obra (oral) se herede a la próxima generación. El texto libera al autor del interlocutor. Así nace el lector. El lector es distante, ajeno en cierto sentido al significado "único" de determinado texto. El lector nace como intérprete y recreador conciente de significados. Igual que el narrador (en la oralidad) nace como inventor de significados.

La narrativa escrita es producto de esta evolución en la comunicación, igual que el lector. Y la narrativa, en esa independencia que le es propia, evoluciona como género en tanto que se percata de que está confeccionada de un número infinito de signos (espaciales, temporales, sintácticos, etcétera), de ahí que se multipliquen las posibilidades en la creación de un relato. Rulfo puso en práctica esta posibilidad y creó un microcosmos escritural que podemos aquilatar leyendo por ejemplo Talpa de su El Llano en llamas. La literatura después del realismo decimonónico se percató de la posibilidad de entramados alineales en la confección del relato y las diferentes doctrinas de análisis literario aún no salen de su asombro.

Tomando en cuenta estas consideraciones, creo que enseñar narrativa debe ser un eje central en la enseñanza de la lengua, así como también en la introducción a la filosofía y al pensamiento abstracto. El aprendizaje del español entre los niños debiera tener como sujeto el arte de narrar. Enseñar los principios de la narrativa no tiene que ser un asunto de iniciados, narrar es parte de la condición humana, como hablar. El uso del lenguaje es algo natural y congénito y su función comunicativa superior (narrar) no tiene por qué ser materia exclusiva de universitarios.

Enseñar al educando desde la primaria las posibilidades infinitas y la dimensión ontológicas del acto magnífico y único de narrar pondrá en perspectiva el aprendizaje del español y de materias concomitantes. Estoy convencido de que una perspectiva semejante contribuirá en el mediano y largo plazo a remediar la tara de compartir un país sin lectores.

("Uta, Humphrey, nomás te faltó cantar el Himno para que nos durmamos". -Pos ya duérmete, no sé que haces aquí-).

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