martes, febrero 10, 2004

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TRANSDIARIO

Tengo que esperar dos horas en el aeropuerto de Guadalajara para transbordar. Llamo a un amigo a Cd. Obregón. Ya, me dice, lo siento mucho. Aquí me entero. Camino hasta la sala de espera. Espero. Hace dos semanas dejé Hermosillo y viajé a Culiacán, luego a Monterrey. Estaba en una colonia cercana a Chipinque cuando llamó mi hermano. Ya, dijo, es mejor que regreses. Por eso voy a esa ciudad donde estaré escribiendo esto mucho tiempo después, aunque poco antes de que tú lo leas. Entre mayo y junio me pasé un mes en el hospital ciudándola, ayudándole a ponerse de pie y a mover los aparatos que trae pegados en el costado. Esta muy mal, sus pulmones están drenando agua. El doctor ha advertido que es cosa de tiempo. La vi por última vez la tarde en que nos despedimos. Me quedé viéndola desde la puerta de su cuarto del hospital, uno del Issste. Me hizo un gesto ordenando retirarme. Nota mi tristeza y no quiere prolongar ese momento. Por eso estoy en la sala del aeropuerto, me acompaña una maleta breve y un traje oscuro. Por la tarde estaré en la funeraria haciendo trámites para transportar su cuerpo a mi ciudad natal, donde está toda la familia, los que aún están vivos. No me imagino el lío legal en el que estaré metido mañana temprano para documentar el traslado, todo porque mi ciudad natal no tiene aeropuerto y el más cercano está en el estado vecino y, bueno, así es la ley. A ella le gusta una canción religiosa que se llama Pescador de hombres, esa habremos de cantarle en el sepelio. Su madre y su hermano estarán ahí para decir adiós y llorar como no he visto llorar jamás, aún hasta hoy y hasta después, mucho después, cuando esté escribiendo esto. Sigo en el aeropuerto, ajeno al bullicio difuso del altavoz que anuncia cosas que nadie entiende y de la gente que va cargando sus apuros. Por mi parte no llevo prisa, ya voy tarde. Voy en el avión viendo las nubes blancas sobre un cielo tremendo, no imagino el futuro, tampoco que un día leeré un post en el blog de mi amigo Morcillo donde habla sobre la salud de su madre y que luego escribiré esto. Me abrocho el cinturón, se prepara el aterrizaje. Observo el reloj, son las 5:55 de la tarde del 3 de julio de 1984. A las mamás les da por irse un día.

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