domingo, enero 12, 2003

TRANSDIARIO

Con ese modito que tiene de pedir las cosas, mi abuelo nos puso a mi hermano y a mí a sortear la verdura y la fruta, lo que significa tirar la que está podrida, dejar abajo la que está verde y exhibir la que está madura. Su tienda vende mayoreo y menudeo y se ha consolidado como una de las más prósperas de SLRC, pero a nosotros lo único que nos importa es que hay dulces y chicles de todos, papitas y sodas gratis, y que cada semana llega un señor llamado Polo a renovar el exhibidor de comics, donde vas a encontrar prácticamente todos los títulos posibles y también fotonovelas, el Alarma y hasta el Selecciones. Recomiendo ampliamente ese stand de lectura para llevar. Bueno, volviendo al principio: arrastro el saco de la cebolla, un saco de yute rojo lleno de cebollas amarillas para completar el espacio correspondiente, comienzo a extraer una por una las bolas amarillas (también hay que quitarles las delgadas capitas que salen sobrando y que no dejan ver las capas más brillantes), de pronto meto la mano al saco y los cinco dedos se hunden en una masa gelatinosa que me produce una repulsión instantánea, retiro la mano que escurre un fétido jugo de cebolla podrida que huele a eso, a jugo de cebolla podrida. Espontáneamente acerco mi mano para tratar de oler bien aquello, como queriendo cerciorarme de que aquella anomalía era real. Puta madre, no alcanzo a imaginar que ese olor me perseguirá por tantos años. Me levanto como si me hubiera mordido Díaz Ordaz y me voy en friega a lavar la mano asqueado, pero el tufo no desaparece, luego agarro un puño de jabón en polvo y me tallo cuanto puedo, pero el olor no se va y parece que mis uñas van a oler así de por vida. Mi hermano no entiende bien qué pasa y se asusta.
El trauma hará que la cebolla desaparezca de mi abanico gustativo por los próximos 20 años. No imagino que en 1987 la cebolla y yo firmaremos en Mexicali los protocolos definitivos de una paz duradera cuya vigencia no estipula límite. Es el verano de 1966 y los shorts que traigo también huelen a cebolla. Ya me dí cuenta de que me tallé el jugo en ellos.




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